PRÓLOGO
“Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos”
San Martín
Como ya todos nosotros sabemos, el general don José Francisco de San Martín es hoy reconocido por todo el país como uno de los próceres más grandes de nuestra historia. Cuando en la escuela nos preguntan “¿Quién fue San Martín?” enseguida se nos viene a la mente el cruce de los Andes, sus magníficos planes emancipadores y sus tácticas militares. Hoy en día, lo conocemos de múltiples maneras, como el Libertador de medio continente, el Padre de la Patria, el Santo de la Espada y obviamente, como un motivo de orgullo nacional
Sin embargo, y realmente hablando, ¿Cuánto sabemos de la vida de este general, al que se le atribuyen todos estos honores? muchos de nosotros lo vemos a San Martín como un magnífico militar, un gran patriota y un excelente padre, pero la verdad es, que no fue solo eso, San Martín no basó enteramente su vida a la guerra, sino que también se fijaba, criticaba y hasta actuaba sobre la política de su época.
A lo largo de este ensayo, quiero relatar, no solo los acontecimientos bélicos que ya todos conocemos durante el proceso emancipador, sino prestar especial atención en aquellos acontecimientos políticos y sociales en los cuales San Martín tubo una importante participación y que muchas veces son desconocidos desde la bibliografía básica. Por eso, mi intención con este escrito es que se conozca esa otra parte de la historia, reivindicar la otra faceta de San Martín, la de un hombre de letras, culto y moralista, revelar la cara política de la historia en la que nuestro general estaba inmerso en el momento de las guerras por la Independencia.
Si bien ya todos sabemos gran parte de su biografía, ya que la escuchamos desde que somos pequeños en los actos escolares, es necesario nombrarla para conocer bien su pasado y poder entender las razones que lo llevaron a hacer los que hizo y a luchar por lo que luchó.
San Martín nació en Yapeyú, el 25 de febrero de 1778 y se trasladó junto a su familia a España cuando apenas tenía cinco años de edad. A poco de llegar a la península, a su padre, el capitán español don Juan de San Martín, le encargaron la dirección de un regimiento en Málaga y allí se instalaron.
Aunque no se sabe con exactitud si nuestro futuro libertador estudió en el Seminario de Nobles de Madrid, lo cierto es que en alguna institución educativa pudo aprender los contenidos académicos básicos en aquel entonces (latín, francés, castellano, dibujo, poética, retórica, esgrima, baile, matemáticas, historia y geografía).
En 1789, mientras estallaba la Revolución Francesa, ingresó como cadete del regimiento de Murcia y entre 1793 y 1795, durante la guerra entre España y Francia tuvo una actuación destacada en todos los componentes en los que participó, ascendiendo rápidamente en sus grados militares hasta llegar al de segundo teniente.
Su actitud temeraria lograba que sus superiores se admiraran y deleitaran ante sus peticiones de las misiones más riesgosas.
De esta manera, San Martín fue consiguiendo cada vez más prestigio, y comenzó a hacerse famoso en distintos países gracias a sus logros, entre los que se encuentran la batalla de Bailén (donde fue condecorado con una medalla de oro) y el combate de Albuera (enfrentamiento de tropas españolas, inglesas y portuguesas contra Francia).
San Martín, no solo se había convertido en un soldado español hecho y derecho, sino que también sus ideales se habían esclarecido con el paso de los años. El replanteo de hasta cuando una persona sería inferior a otra , hasta cuando la monarquía absolutista seguiría siendo la punta de la pirámide, entre otras cosas, llevó a nuestro libertador a la activa influencia en la masonería, (sociedad fraternal de origen inglés, que defendía los principios liberales, como la emancipación de las colonias americanas) la cual estaba extensamente infiltrada en los cuadros del ejército, en concordancia con la intensa campaña de propaganda implementada por la Francia revolucionaria y luego imperial para difundir más allá de los Pirineos sus nuevos y agitadores ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Al enterarse San Martín, de la lucha por la emancipación americana, no renunció a su lugar de origen y pidió su traslado a Lima debido a problemas personales, (los cuales en eran en sí, solo una excusa para que sus superiores no descubran su plan)
El 14 de septiembre de 1811, San Martín parte a Londres, donde toma contacto con la “Gran Hermandad Americana”. Esta logia había sido fundada por el patriota venezolano Francisco de Miranda, quien se proponía liberar América con la ayuda financiera del gobierno conservador inglés, interesado en “apropiarse del próspero mercado hispanoamericano”. San Martín, al tomar contacto con los miembros de la Hermandad, se dio cuenta de que no eran pocos los americanos que, así como él, estaban dispuestos a darlo todo por la causa. Allí, también se encontró con funcionarios del gobierno británico, como James Duff y Sir Charles Stuart, quienes fueron los que le dieron a conocer el plan Maitland, que consistía en capturar Buenos Aires y Chile, para luego poder emancipar Perú, plan en el cual, años más tarde, el general se basará para liberar medio continente.
Acá debo hacer un alto para aclarar una primera cosa, si bien San Martín fue un gran estratega, estos escritos nos revelan que no fue él quien creó ni generó esta manera de emancipación. El hecho de asentarse en Cuyo, para luego liberar Chile y más tarde emancipar Perú entrando por el océano, ya antes había sido planeado por el escocés Maitland, consejero de guerra de la Corona inglesa; lo que nos da a entender que detrás de todo esto y desde hacía ya varios años, habían intereses ingleses de por medio.
En enero de 1812, San Martín, con casi 34 años, emprende el regreso a su tierra natal, a bordo de la fragata inglesa George Canning.
El 9 de marzo de ese mismo año, el libertador llega al puerto de Buenos Aires, junto con otros siete oficiales, quienes son recibidos mucho entusiasmo y alegoría. Así lo describe La Gaceta de Buenos Aires, que daba cuenta de la llegada de los militares argentinos:
“(…) A este puerto han llegado, entre otros particulares que conducía la fragata inglesa, el teniente coronel de caballería don José de San Martín, primer ayudante del campo del general en jefe del ejército de la Isla Marqués de Compigny; el capitán de infantería D. Francisco Vera; el alférez de carabineros reales D. Carlos Alvear y Balbastro; el subteniente de infantería D. Antonio Arellano y el primer teniente de guardias valonas, barón de Holmberg. Estos individuos han venido a ofrecer sus servicios al gobierno, y han sido recibidos con la consideración que merecen por los sentimientos que protestan en obsequio de los intereses de la patria (…)"
Entre los que recibieron a San Martín, se encontraba el triunvirato. El libertador describe tal encuentro años más tarde diciendo: “Yo llegué a Buenos Aires a principios de 1812 y fui recibido por el triunvirato, por uno de los vocales con favor y por los otros con una desconfianza muy marcada (…)”.Esta desconfianza por parte de dos de los miembros del Triunvirato era consecuencia de que en aquel momento, San Martín era visto por muchas personas como un posible espía español, ya que había crecido y desarrollado su carrera militar allí.Por otra parte, lo que no cuenta San Martín es que también fue recibido por el jefe de la masonería local, Julián Álvarez y que, en mayo de 1812 José Francisco, Álvarez, Alvear y sus otros compañeros de viaje, fundan la “Logia de Caballeros Racionales”llamada, años después, la “Logia Lautaro”.
Es preciso tener en cuenta que apenas arribado al Río de la Plata, San Martín no estaba en condiciones de influir en el desarrollo de los sucesos políticos porque apareció súbitamente en un medio que le era extraño, como un militar desconocido, sin relaciones de parentesco ni amistades, careciendo además de todo medio de fortuna. Solo contaba con la solidaridad juramentada de sus compañeros de la logia.
No obstante, al poco tiempo de haber llegado a Buenos Aires, San Martín logró que se le respetara su grado militar de teniente coronel y se le encomendó la creación de un regimiento para custodiar las costas del Paraná, atacada por los españoles provenientes de Montevideo; de esta manera nació el Regimiento de Granaderos a Caballo.
Sin embargo, no todo era guerra y ejército en la vida de San Martín. Sin bien gobernaba el Primer Triunvirato, el verdadero poder estaba en manos del secretario de gobierno Bernardino Rivadavia, quien venía desarrollando una política centralista que perjudicaba la economía de todas las provincias del interior. Por lo que, el 8 de octubre de 1812, San Martín y sus compañeros de la logia decidieron actuar, llevando sus tropas hacia la plaza de la Victoria (actual Plaza de Mayo) y exigiendo la renuncia del triunvirato. Este movimiento logró la caída del Triunvirato y la designación de un segundo Triunvirato donde, esta vez, sus miembros serían elegidos por la Logia, quienes fueron Juan José Paso (quien permaneció en su cargo por tener ideales morenistas), Nicolás Rodríguez Peña y Antonio Álvarez Jonte.
A principios de 1813, se les encomendó a los granaderos de San Martín su primera misión: defender las costas del Paraná. El 2 de febrero por la noche llegan los granaderos de San Martín al convento de San Carlos, cerca de la posta de San Lorenzo y se ocultan allí, sin hacer ruido ni encender fogatas. Desde la torre del convento, San Martín vigilaba las señales de luces de las naves enemigas. El 3 de febrero por la mañana, las naves de la expedición realista tocaron tierra y subieron el barranco en dos columnas dispuestos al combate. San Martín dividió a los granaderos también en dos columnas que, cuando sonó el clarín, cargaron desde cada lado del convento.
En la primera carga, el caballo de San Martín fue derribado trabándole una pierna al coronel. El granadero Baigorria traspasó con una lanza a un soldado español que intentó herir a San Martín. Por otra parte, el soldado Juan Bautista Cabral echó pie a tierra y levantó el caballo permitiendo a su jefe incorporarse, pero fue herido de muerte.
Es aquí donde a Cabral se lo recordaría por siglos. Aquel granadero, demostró estar tan a la altura de las circunstancias como para dar su vida a cambio de la de su jefe, en el cual tenía gran confianza, creyendo que era él, José de San Martín, la persona en quien verdaderamente recaía el futuro de su patria. Si hoy nos pusiéramos a pensar qué hubiese pasado si este hombre, Cabral, jamás hubiese aparecido, probablemente San Martín hubiera muerto, terminando allí su historia y cambiando completamente la nuestra.
En apenas 15 minutos de combate los realistas fueron vencidos y dejaron en torno al convento 40 muertos, 14 heridos y prisioneros, 2 cañones, 40 fusiles y una bandera. Las bajas de los patriotas fueron de 16 muertos y 20 heridos. El objetivo militar había sido cumplido: defender el Litoral desde Zárate hasta Santa Fe.
Por su parte, San Martín le solicitó al Triunvirato que se atienda la situación de las viudas y las familias de los muertos en el combate.
Políticamente, el triunfo de San Lorenzo aumentó el prestigio de San Martín y disipó todas las dudas de quienes, como Rivadavia, desconfiaban de su larga permanencia en los ejércitos españoles.
Desde comienzos de 1813 funcionaba en Buenos Aires la Asamblea General Constituyente. Para muchos, entre los que se encontraban San Martín y Belgrano, era la gran oportunidad para declarar la independencia y reafirmar la decisión de guerra muerte con España; pero lamentablemente, los terratenientes porteños y su principal representante y presidente de la Asamblea, Carlos María de Alvear, no pensaban lo mismo. El ex amigo y compañero de San Martín, aprovechó la oportunidad que le brindaba el alejamiento del coronel y creó un poder ejecutivo unipersonal, el Directorio.
Ya corría el año 1814 cuando San Martín fue llamado al frente del Ejército del Norte, con un pequeño ejército de infantería y el cuerpo de granaderos a caballo, en reemplazo de su querido amigo Belgrano. Juan Manuel le escribirá una carta expresando su alegría al saber que San Martín se hallaba rumbo a la posta de Yatasto, lugar donde se reunirían: “Mi querido amigo y compañero: Mi corazón toma nuevo aliento cada instante que pienso que usted se me acerca; porque estoy firmemente persuadido de que usted salvará a la patria y podrá el ejército tomar un diferente aspecto: soy solo, esto es hablar con claridad y confianza; no tengo ni he tenido quien me ayude…”
En este escrito, Belgrano no solo expresa su anhelo de que San Martín llegue pronto, sino que también nos habla de que se sentía solo, sin ayuda de nadie, como si tanto la suerte como las autoridades lo hubiesen abandonado.
El encuentro entre los dos patriotas se produjo el 30 de enero en la ya nombrada posta de Yatasto, lugar en el camino entre Salta y Tucumán. Allí, las dos autoridades tuvieron tiempo de conversar sobre el estado de la revolución, sobre la ineficacia, incomprensión e inoperancia del gobierno central y de la sociedad que no dejaba de acompañarlos.
San Martín reorganizó el ejército y lo dejó en las mejores condiciones posibles. Sin embargo, su cabeza estaba en otra parte; estaba convencido de que las sucesivas derrotas en el norte eran muestra suficiente como para probar que había que buscar otro camino para terminar definitivamente con el enemigo y su centro de poder en Lima, Perú. Acá es donde el plan de Maitland entra en juego, el cual planteaba, en primer lugar, la liberación de Chile, para luego, por mar, invadir y liberar Perú, y nombraba a Mendoza como uno de los puntos estratégicos más importantes del plan.
A comienzos de 1814, una enfermedad le obliga a renunciar momentáneamente al Ejército del Norte. Sin embargo, sigue manteniendo su fuerte postura sobre la táctica y el estado de la revolución. En un encuentro con José María Paz, San Martín le dice lo siguiente: “Esta revolución no parece de hombres sino de carneros.”. Esta frase es muy valiosa para analizarla, ya que él, al decir que “esta revolución parece de carneros” hace referencia al gran grado de crueldad que había, es una crítica directa a las políticas implementadas en la época para llevar a cabo la revolución, de la cual San Martín, en varias situaciones y escritos expresa no estar de acuerdo con estas maneras, diciendo que algunas tácticas eran inservibles y que solo era llevar a un gran grupo de personas a la muerte.
José Francisco sabía que para poder concretar un plan tan ambicioso hacía falta, además de poder militar, gran alcance político. En agosto, por solicitud del general, el director Posadas lo nombra Gobernador Intendente de Cuyo, pues su estado de salud era delicado. En realidad San Martín se situaba en una posición muy conveniente para iniciar los planes que luego liberarían medio continente. Por lo que se muda a Mendoza con su esposa, Remedios de Escalada, dejándole al general Güemes y a sus gauchos la defensa de la frontera norte. El Libertador tardaría siete años en finalizar este plan.
Del otro lado de la Cordillera de los Andes, la revolución del que se llamaba en aquel entonces “Reino de Chile”, estaba en peligro: había sido invadido por las fuerzas realistas del Virreinato del Perú y luego de varias batallas, las fuerzas patriotas al mando de O´Higgins y José María Carrera son derrotadas en la batalla de Rancagua, donde los ejércitos chilenos son aniquilados dejando abierto el camino a la capital, Santiago. El general Carrera, junto con el resto del ejército cruzó la cordillera refugiándose en el territorio de Cuyo, donde gobernaba San Martín.
Por otra parte, a Buenos Aires llegaban las noticias de que Napoleón había sido vencido y confinado a la isla de Elba y que el rey Fernando VII había entrado en Madrid luego de seis años de estar preso. Su primer acto de gobierno fue suprimir la constitución de Cádiz, y condenar a muerte a todo aquel que se opusiera a su soberanía. Al poco tiempo, se restableció el Tribunal de la Inquisición.
Es en este momento que la Revolución Sud Americana parece derrotada en todos sus frentes. Se había perdido Chile y el Alto Perú, la revolución venezolana era vencida y los liberales españoles eran perseguidos. Solo en el Río de la Plata ondeaban los estandartes de libertad, justicia e independencia.
En Buenos Aires, a comienzos de 1815 se produce la renuncia del Director Supremo Posadas, y es nombrado en se reemplazo el general Carlos María de Alvear, que al estar enfrentado con San Martín y, para evitar su destitución solicita su reemplazo, nombrando entonces Gobernador de Cuyo al coronel Gregorio Perdriel. Esto pone a la ciudad de Mendoza en conmoción por lo que, reunido el cabildo el 16 de febrero, solicitan al Director Supremo que conservase en el gobierno al general San Martín, fundamentando que se corría un riesgo de una invasión realista a través de la cordillera. Alvear entonces accede a la petición del Cabildo y confirma a San Martín en su cargo.
Al conocerse las graves novedades de la restitución de Fernando VII, San Martín convocó a un cabildo abierto el 6 de junio de 1815 e hizo publicar un bando revolucionario que decía: “Es llegada la hora de los verdaderos patriotas. Se acerca al Río de la Plata una expedición de diez mil españoles. Ya no se trata de encarecer y exaltar las virtudes republicanas, ni es tiempo de exhortar a la conservación de las fortunas o de las comodidades familiares. El primer interés del día es el de la vida: éste es el único bien de los mortales. Sin ella, también perece con nosotros la patria. Basta de ser egoístas para empeñar el último esfuerzo en este momento único que para siempre fijará nuestra suerte. A la idea del bien común y a nuestra existencia, todo debe sacrificarse. Desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos…Desde hoy quedan nuestros sueldos reducidos a la mitad. El empleado que no quiera donar lo que deja de percibir recibirá un boleta para su abono en mejores circunstancias. Yo graduaré el patriotismo de los habitantes de esta provincia por la generosidad… Cada uno es centinela de su vida.”. Este escrito de San Martín demuestra el temple del libertador, muestra todas aquellas cosas que él creía necesarias, no solo materiales, sino también morales. El gobernador acá lo que está planteando es una concientización de que, sin la solidaridad de todos, la campaña no tendrá éxito y que, para lograr esto, es necesario hacer sacrificios, como la privación de algunos lujos o comodidades. Lo que quiere decir San Martín con esto, es que para ser realmente patriotas, no hace falta enlistarse en el ejército, hacer grandes hazañas y convertirse en héroe, sino que, cada vez que resignemos algo que queremos o anhelemos a favor de nuestra patria, nos convertiremos en patriotas.
Dicho esto, San Martín emprende la creación del Ejército de los Andes, en el que el pueblo de Cuyo contribuyó con todo lo que podía. Las damas de Mendoza, encabezadas por María de los Remedios de Escalada de San Martín, su esposa, fueron recibidas por el cabildo en audiencia y, en presencia del pueblo, se despojaron de sus alhajas y donaron sus joyas a la patria.
Por otra parte, San Martín no solo demostró ser un gran militar, sino que también manifestó ser un excelente gobernador. Durante aquel período, levó a Mendoza a su auge fomentando notablemente la agricultura, la industria del vino y obviamente la metalurgia, imprescindible para la fabricación de armas y fusiles. Por otra parte, el gobernador modificó el sistema impositivo haciendo que los más ricos pagaran más y también le dio una gran importancia a la educación popular, construyendo escuelas y bibliotecas. San Martín tenía un fuerte pensamiento en cuanto a la educación, al ser ilustrado, él creía que la misma vida gira en torno a eso; así lo demuestra en uno de sus tantos escritos: “La educación formó el espíritu de los hombres. La naturaleza misma, la índole, ceden a la acción fuerte de este admirable resorte de la sociedad. A ello han debido siempre las naciones las varias alternativas de su política. […] la independencia americana habría sido obra de momentos si la educación española no hubiera enervado en la mayor parte nuestro genio”. Además, prestó especial atención en mejorar el sistema carcelario, ordenando la construcción de un nuevo establecimiento, y dictando un reglamento sobre orden, higiene y visitas. Al enterarse el gobernador de que los presos solo gozaban de una comida diaria, realiza una carta pidiendo que esto cambie: “[…] Aquel escaso alimento no puede conservar a unos hombres, que no dejan de serlo por considerarlos delincuentes. Muchos de ellos sufren un arresto precautorio sólo en clase de reos presuntos.” Una vez más, San Martín demuestra ser un hombre compasivo e inteligente, con sus ideales de país claros.
Hacia el final del año 1815, el Ejército del Norte, comandado por Rondeau, es derrotado en la batalla de Sipe-Sipe debiendo regresar a Salta y las fuerzas del virrey del Perú, comandadas por el general Osorio, dominan Chile. Por lo que San Martín y su pequeño ejército se convirtieron en la única esperanza; es aquí donde el libertador reúne a sus oficiales y expone su plan del paso de los Andes y la reconquista de Chile.
Mientras tanto, los actos arbitrarios de Alvear, quien había llegado a pedir protectorado británico sobre algunas de las provincias para evitar la venganza de España (“Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés”), provocaron que, tanto el Ejército del Norte como el de los Andes, se sublevaran y desconocieran la autoridad del Directorio. Por lo que Alvear debió renunciar y huir al Brasil donde, a poco de llegar le revelaría al embajador español los secretos militares de las Provincias Unidas con lujo de detalles. En el mes de mayo el Congreso elije a Pueyrredón como Director Supremo, con el consentimiento de integrantes tales como San Martín.
Por su parte San Martín, ante semejante panorama, creía urgente e imprescindible que el Congreso que se había reunido en Tucumán el 24 de marzo de 1816, declarara la independencia. El Libertador le escribiría más tarde a uno de sus hombres, el diputado de Mendoza, Godoy Cruz: “¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia!¿No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener pabellón y cucarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más que decirlo?”
San Martín como Gobernador de Cuyo, también insistía ante el Director la conveniencia de invertir en el paso de los Andes. Ya había comenzado con sus actividades de espionaje y tenia confidentes en Santiago dentro de las esferas realistas que les comunicaban las actividades del gobernador Osorio y luego las de su reemplazante, Marcó del Pont. Así mismo, sus espías fomentaban la insurrección en los patriotas de Chile preparando el terreno para la futura invasión. Además, San Martín había sido propuesto para comandar el Ejército del Perú, en reemplazo del general Rondeau, sin embargo él no confiaba en el éxito de esa empresa y recomienda al Director que nombre a Belgrano en su lugar.
Finalmente, el 9 de julio de 1816 el Congreso de Tucumán declara la Independencia de España. A este Congreso no concurren las provincias que integraban la Liga de los Pueblos Libres, excepto Córdoba, ya que los artiguistas desconfiaban de la política centralista de Buenos Aires.
El 15 de julio se reúnen en Córdoba el Director Pueyrredón con San Martin donde combinan los aspectos de la expedición. San Martín no tenía miedo al enemigo, sino a aquellas enormes montañas que debería pasar. Hasta aquel entonces, lo más alto que se había sabido que un humano había podido escalar había sido un cordón montañoso de Los Alpes, el cual su altura máxima no sobrepasaba los 2500 metros, mientras que la Cordillera de los Andes lo superaba en una altura de 3500 metros.
El general, antes de partir, propuso un código de honor a su ejército, el cual debería ser respetado en cada momento (de ahí su famosa frase: “La Patria no es abrigadora de crímenes”). Este código planteaba, y a su vez imponía, la moralidad por encima de todas las cosas, diciendo que el uso de las armas no es para abusar o sentirse más poderosos, sino como herramienta para darle fuerza al nuevo gobierno.
A mediados de enero, el Ejército de los Andes inició el cruce de la Codillera. Vale aclarar que la mayoría de su ejército no estaba conformado por militares profesionales, sino por personas comunes, entre ellas esclavos liberados, que si bien sus recursos eran escasos, compartían una misma ilusión, ver a la Patria libre de aquel gobierno tirano impuesto ya desde hacía muchos años. Esa era su oportunidad, su oportunidad de dar fin a aquella falta de igualdad que había aquejado a la América española durante siglos, y de la cual sus padres, sus abuelos y sus tatarata tara abuelos habían sufrido. Lo que ellos no sabían, es que era esa su chance por la cual tres países, muchos años después, los reconocerían como los héroes de la Patria.
San Martín había ordenado que dos divisiones, una al mando del general Miguel Estanislao Soler y la otra al mando de Bernardo O´Higgins cruzaran por el paso de Los Patos, y otra, al mando de Las Heras, marchara por el Paso de Uspallata con la artillería. Otra división ligera, al mando de Juan Manuel Cabot, lo haría desde San Juan por el Portezuelo de la Ramada con el objetivo de tomar la ciudad chilena de Coquimbo. Otra campaña ligera cruzaría desde La Rioja por el Paso de Vinchina, para ocupar Copiapó. Finalmente, el capitán Ramón Freyre entraría por el Planchón para apoyar a las guerrillas chilenas.
Como ya todos sabemos, San Martín no cruzó los Andes montando su caballo blanco como nos dicen en la primaria, sino que en varios tramos tuvo que ser trasladado en camilla a causa de sus padecimientos pulmonares- producto de una herida producida en una batalla en España en 1801-, reuma y úlcera estomacal. A pesar de estas enfermedades, el General siempre estaba dispuesto para la lucha y jamás se daba por vencido; como podemos ver en uno de sus escritos: “Estoy bien convencido del honor y patriotismo que adorna a todo oficial del Ejército de los Andes; y como compañero me tomo la libertad de recordarles que de la íntima unión de nuestros sentimientos pende la Libertad de América del Sur. […]”
Todas las columnas debían cruzar las altas cumbres el 1° de febrero. La travesía, en un frente de 800 kilómetros. Eran algo menos de 5.500 hombres, 22 cañones, 10.000 mulas y 1.500 caballos.
Con algún atraso respecto a las previsiones, el 10 de febrero el Ejército de los Andes se agrupó en el pié occidental de la cuesta de Chacabuco. Previendo una mayor concentración de las fuerzas realistas, San Martín adelantó la batalla para la madrugada del 12 de febrero.
O´Higgins se lanzó desordenadamente al ataque (del cual, San Marín luego escribiría: “El General O´Higgins era bravo al extremo, pero sus conocimientos militares eran nulos”). San Martín, entonces, dio orden a Soler de que cargara sobre el flanco enemigo y él mismo cargo sable en mano. Al mediodía, el campo era patriota. Sobre el campo de batalla quedaron 500 españoles muertos. Las fuerzas patriotas solo tuvieron doce bajas y veinte heridos. Fueron capturados 600 prisioneros y centenares de fusiles pasaron a engrosar el parque de la artillería del ejército libertador.
El 14 de febrero, San Martín entró triunfal a Santiago de Chile. El cabildo se reunió el día 18 aclamando al Libertador como gobernador de Chile. Sin embargo, el general renunció a ese honor y fue entonces el patriota chileno O´Higgins electo como Director Supremo del Estado de Chile.
Una vez ganada la batalla, y electo O´Higgins San Martín, en una de sus cartas a Lord Macduff, deja un crudo testimonio del carácter salvaje y genocida de la guerra que hacían los ejércitos españoles contra los americanos: “¡Qué sentimiento de dolor, mi querido amigo, debe despertar en vuestro pecho el destino de estas bellas regiones! Parecería que los españoles estuvieran empecinados en convertirlas en un desierto, tal es el carácter de la guerra que hacen. Ni edades ni sexos escapan al patíbulo…”
Por su parte, el general realista, Maroto, se embarcó en el puerto de Valparaíso con algunas tropas que pudo salvar. Marcó del Pont se retrasó de la columna y cuando llegó ya no quedaban naves en el puerto, por lo que trató de huir, pero Aldao fue más rápido que él y finalmente logró capturarlo en Concepción, trasladarlo detenido hasta la comandancia del ejército libertador, desde donde fue enviado a Mendoza y desde allí a Luján, donde moriría el 11 de mayo de 1819.
La liberación de Chile significaba una amenaza intolerable al dominio español en la América del Sur. Entonces, el virrey del Perú, Joaquín de la Pezuela, envió desde el Callao una flota de quince naves al mando del brigadier Mariano Osorio.
Al caer la noche del 18 de marzo de 1818, las fuerzas de San Martín y O´Higgins acamparon en dos líneas paralelas en Cancha Rayada, cerca de la ciudad de Talca. El Libertador advirtió que la posición era muy comprometida y planeó cambiarla al amanecer. Pero las tropas realistas atacaron inesperadamente. El desastre no fue total porque en una maniobra brillante Las Heras salvó íntegra la división de más de 3.000 soldados. San Martín, a su vez, logró replegarse a una posición desde la que pudo responder el fuego graneado. De todos modos, los patriotas tuvieron 120 muertos, 300 heridos, 2000 dispersos y 21 cañones perdidos. Sin embargo, vale aclarar que esta fue su primera y única derrota.
Gracias a la gran hazaña de Las Heras, pudo reorganizarse así un ejército de 5.000 hombres; los patriotas esperaban ansiosos el día de la revancha, que llegaría a los pocos días, el 5 de abril, al derrotar de manera definitiva a las fuerzas enemigas en Maipú. Poco antes de librar la batalla decisiva, el general mantuvo una entrevista con el agente norteamericano W.G.D. Worthigton, quien expresaba: “De esta batalla, señor general, depende no solamente la libertad de Chile sino, acaso, de toda América española. No sólo Buenos Aires, Chile y Perú tienen los ojos puestos en usted, sino todo el mundo civilizado…”. Acá nos damos cuentadel alcance que San Martín tuvo en su época; tan solo en este pequeño fragmento podemos saber que este general, nacido durante la época de la colonia, estaba destinado a cambiar el futuro de toda América del Sur y que no solo sus compatriotas, sino personas del resto del mundo creían y no dudaban de su destreza.
El hecho de que San Martín, durante este período no haya formado parte de algún cargo político más importante, no quiere decir que no se lo hayan propuesto. El general había sido ofrecido anteriormente como Director Supremo de las Provincias Unidas luego de la renuncia de Alvear. Sin embargo, José Francisco tenía bien en claro cuales eran sus prioridades que, si bien entre ellas estaba el establecimiento de un orden y equilibrio político junto con sus compañeros de la logia, su obligación principal era la de estar al frente del ejército para de esta manera, defender el incipiente gobierno patrio.
Rehecho, el 5 de abril el ejército patriota esperó a los realistas desplegando a sus 5.000 soldados en una posición elevada de los llanos del río Maipú. Osorio dispuso a sus tropas cara a cara, en otro sitio alto. La batalla fue encarnizada y no parecía inclinarse hacia ningún bando hasta que San Martín envió su escolta personal al ataque, lo que fue definitivo para el triunfo de los patriotas.
La victoria fue total y América comenzaba a respirar otro aire mientras los tiranos comenzaban a asfixiarse, como lo demuestra este informe del Virrey de Nueva Granada: “La fatal derrota que en Maipú han sufrido las tropas del Rey pone a toda la parte sur del continente en consternación y peligro”.
Pocos días después de Maipú, San Martín volvió a cruzar la cordillera rumbo a Buenos Aires para solicitarle ayuda al Directorio para la última etapa de la campaña libertadora: el ataque marítimo contra el bastión realista de Lima. Si bien obtuvo la promesa de 500.000 pesos para su plan, solo llegarían efectivamente 300.000, ya que Pueyrredón admitiría que allí, en las Provincias Unidas del Río de la Plata, la revolución y la guerra ya habían pasado.
El Director Supremo de Chile, Bernardo O´Higgins, había declarado que la supervivencia de la independencia de su país exigía el dominio absoluto del mar. Así fue como se financió la formación de una escuadra. Chile contrató al almirante escocés Thomas Cochrane, y tomó préstamos para adquirir navíos ingleses. La escuadra estaba compuesta por 24 buques con 239 cañones y conducía a unos 4.800 soldados. Si bien Cochrane pidió para sí el mando de la expedición libertadora, San Martín fue nombrado capitán general de los Ejércitos de la República de Chile.
Si bien todo parecía estar bien encaminado, poco antes de iniciar la campaña, recibió la orden del Directorio de marchar hacia el Litoral con su ejército para combatir a los federales de Santa Fe y Entre Ríos. San Martín, por su parte, se negó a reprimir a sus compatriotas, desobedeció e inició la travesía hacia el Perú. Acá, el general deja bien en claro su fuerte posición en cuanto a las distintas peticiones que las autoridades rioplatenses le venían haciendo, respetando siempre su filosofía invariable de “Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas”. Esto a su vez contribuyó con la caída de un régimen tan impopular como are el del Directorio.
La escuadra zarpó finalmente de Valparaíso el 20 de agosto de 1820 con bandera chilena. El 12 de septiembre la flota fondeó frente al puerto peruano de Pisco. Una vez allí, el ejército se proveyó de víveres y aumentó en número gracias a los pobladores locales, en su mayoría esclavos, que decidieron sumarse voluntariamente el ejército emancipador.
El virrey Pezuela tenía a unos 20.000 hombres repartidos por todo el territorio a lo largo de la costa, desde Guayaquil hasta Arica y en el Alto Perú, pero la mayor cantidad de soldados estaba concentrada en defender Lima. Al tener noticias del desembarco libertador, el virrey inicia tratativas diplomáticas.
San Martín envía como representantes a sus amigos, Guido y García del Río que, además de cumplir con aquella misión diplomática, debían informar acerca de las fuerzas realistas y establecer contactos con los patriotas peruanos.
Al fracasar estas tratativas, una división al mando del general Arenales se dirigió hacia el interior del Perú con el objetivo de sublevar a la población y así, obtuvo la importante victoria de Pasco el 6 de diciembre de 1820.
Por otra parte, el 29 de enero se sublevan los oficiales realistas contra el virrey Pezuela, éste es derrocado y en su lugar es nombrado virrey el general La Serna.
Por su parte, San Martín ordenó bloquear el puerto de Lima. Además, es importante aclarar que el hecho de que en España se había estado llevando a cabo una revolución liberal, afectó directamente en el ejército del virrey La Serna, que se había dividido entre liberales y monárquicos, lo que facilitó los planes de San Martín. Es también por esta razón que La Serna le ofrece al general un armisticio. Sin embargo, al exigirle el Libertador el reconocimiento de la independencia peruana, el virrey no accede a esta petición y, de esta manera, continúa la guerra por mar y tierra hasta que el 12 de julio de 1821 el ejército libertador entró victorioso en la capital virreinal.
Desde Lima, San Martín le escribe a O´Higgins sus pensamientos: “Al fin, con paciencia y movimientos, hemos reducido a los enemigos a que abandonen la capital de los Pizarros (Francisco Pizarro, conquistador y genocida que había usurpado el trono de los Incas para instalar la miseria, la corrupción, la tortura y el saqueo en el Perú). Al fin nuestros desvelos han sido recompensados con los santos fines de ver asegurada la independencia de la América del Sud.- El Perú es libre-. En conclusión, ya yo preveo el término de mi vida pública, y voy a tratar de entregar esta pesada carga a manos seguras, y retirarme a un rincón a vivir como hombre”. Es en este escrito donde el Libertador expresa que, concluido su trabajo, desea retirarse de su oficio para vivir en paz y armonía.
El 28 de julio se proclama la independencia del Perú. San Martín, desde un tablado levantado en la plaza mayor declaró: “El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad de los pueblos y de la justicia de su causa que Dios defiende”.
Se formó entonces un gobierno independiente que nombró a San Martín con el título de Protector del Perú, con plena autoridad civil y militar. Más allá de la voluntad del general de negarse a aceptar el cargo, el clamor popular y los consejos de su amigo y secretario Bernardo de Monteagudo, le hicieron recordar que el peligro realista no había desaparecido, que las fuerzas del virrey se estarían reorganizando en los cuatro puntos cardinales del Perú y que por lo tanto su presencia se hacía imprescindible para terminar definitivamente con el dominio español.
En otra carta que el Libertador le dirige a O´Higgins queda reflejado lo que el patriota pensaba: “Los amigos me han obligado terminantemente a encargarme de este gobierno: he tenido que hacer el sacrificio, pues conozco que de no ser así, el país se envolvía en la anarquía. Espero que mi permanencia no pasará de un año, pues usted, que conoce mis sentimientos, sabe que son mis deseos otros que vivir tranquilo y retirarme a mi casa a descansar.”
Sin embargo, el general se dispuso a gobernar muy eficazmente y las reformas políticas durante esta época fueron muy importantes; se abolió el servicio personal de los indígenas, las encomiendas, los repartimientos y las mitas, se declaró la libertad de vientres y se emancipó a los esclavos que tomaron las armas por la independencia, se abolieron también los azotes en las escuelas y se eliminaron los tormentos, se fundó la Biblioteca Nacional, se estableció la libertad de imprenta y se abolió la censura previa.
También el Libertador llevó a cabo una importante campaña de reivindicación de la cultura nativa, la inca. Así lo expresaba el Protector: “Compatriotas, amigos descendientes de los Incas: ya llegó para vosotros la época virtuosa de recobrar los derechos que son comunes a todos los individuos de la especie humana y de salir del horrible abatimiento a que os habían condenado los opresores de nuestro suelo. […] Nuestros sentimientos no son otros, ni otras nuestras aspiraciones, que establecer el reinado de la razón, de la equidad y de la paz sobre las ruinas del despotismo, de la crueldad y la discordia.”.
El Protector también promovió la protección de los monumentos arqueológicos y quitó de los edificios y lugares públicos los monumentos y placas que el gobierno español había establecido en homenaje a los conquistadores.
Por otra parte, el 22 de mayo de 1822 se puso en marcha el último plan de batalla del general. San Martín envía al joven oficial peruano Antonio Gutiérrez de la Fuente al Río de la Plata para solicitar ayuda para terminar definitivamente la guerra con el imperio español. Si bien los caudillos litorales, López y Ramírez y el gobernador de Córdoba, Juan Bautista Bustos se mostraron dispuestos a colaborar, el gobierno de Buenos Aires, el único en condiciones de financiar la operación, estaba en manos de Bernardino Rivadavia, quien lo veía a San Martín como un enemigo político, por lo que le negó toda clase de apoyo o ayuda. A estas alturas, sólo le quedaba un recurso, unir fuerzas con el otro libertador, el venezolano Simón Bolívar.
San Martín se dirigió a Guayaquil donde se entrevistó con Bolívar los días 26 y 27 de julio de 1822. Bolívar dijo a San Martín que sólo podría facilitarle poco más de mil hombres que para San Martín eran insuficientes. Este consideraba necesario el concurso de todas las fuerzas de Colombia. San Martín ofreció entonces luchar bajo las órdenes de Bolívar, lo que éste rechazó. Consecuentemente, San Martín comunicó a Bolívar su decisión de retirarse del Perú para dejarle el campo libre y libertad de acción. Bolívar venía triunfante, contaba con el respaldo político de su gobierno y con tropas de alta moral y veteranía. San Martín en cambio tenía un ejército desunido por los últimos reveses y se hallaba en conflicto con el gobierno de Buenos Aires.
En Lima, la renuncia de San Martín fue rápidamente aceptada y se produjeron levantamientos en otras partes del territorio peruano, que Bolívar pudo sofocar recién a mediados de 1823. Sin embargo, hacia diciembre de 1822 había logrado establecer una república en Lima.
San Martín partió rumbo a Chile donde permaneció hasta enero de 1823, año que se trasladó a Mendoza. Desde allí pidió autorización para entrar a Buenos Aires para poder ver a su esposa que estaba gravemente enferma, sin embargo Rivadavia, por miedo a que el general se uniera a los federales del litoral y con su prestigio, diera un vuelco absoluto a la política local, le negó su petición.
En realidad, toda esta situación tensa entre Rivadavia y San Martín se había debido a que el general, un par de años atrás, había hecho caso omiso a las peticiones de Buenos Aires de reprimir a los federales, por lo que, desde ese entonces, San Martín fue tachado de enemigo de la patria y visto como un mal ejemplo por las fuerzas unitarias.
Si bien Rivadavia esperaba al general en Buenos Aires para de esta manera someterlo a un juicio por no cumplir las órdenes dictadas por las autoridades, San Martín se arriesgó y entró a Buenos Aires, pero ya era tarde, su mujer, Remedios, había muerto sin que él pudiera compartir con ella al menos sus últimos momentos.
Difamado y amenazado por el gobierno unitario, San Martín decidió abandonar el país en compañía de su pequeña hija, Mercedes, rumbo a Europa. Tras pasar brevemente por Londres, San Martín y su hijita se instalaron en Bruselas. En 1824 pasaron a París para que Mercedes completara sus estudios
En el Alto Perú, Sucre sofocó la resistencia realista en 1825. Las victorias de Sucre se consiguieron por medio de una combinación de ejércitos colombianos, chilenos, argentinos y peruanos. Gracias a la acción combinada de estos ejércitos comunitarios, una nueva República se estableció en el Alto Perú, que adoptó por nombre el de Bolívar. De esta manera, el Alto Perú comenzó su vida independiente.
San Martín, por su parte, se exilió en el exterior durante el resto de su vida, llevando una vida humilde y sin muchos lujos ni prestigios, muriéndose en su interior, por ver que todo por lo que había luchado se había manchado de tiranía, corrupción e interés. Su dolor profundo era por ver a la patria, A LA MADRE PATRIA, llorando silenciosamente, siendo sofocada por las manos de sus propios hijos.
Parece increíble pensar que aquella persona que dio tanto por nosotros, que sacrificó enteramente su vida en pos de asegurar un buen futuro para sus hermanos, haya terminado de esa manera, exiliándose en Francia sin reconocimiento alguno; es más, siendo hasta repudiado en su propio país. Un país que él defendió hasta la muerte y que este simplemente lo había olvidado, como si jamás hubiese existido.
La conclusión de este ensayo, si bien consta en resaltar su actitud moral en todo momento, constituye ante todo, en hacer una auto concientización de que es impermisible e imperdonable dejar que estas cosas pasen en nuestra sociedad. Si nos ponemos a pensar, el mundo entero le debe su vida a personas como San Martín, a personas que lucharon, no solo por sus propios ideales, sino que pelearon por una sociedad mejor, un mundo mejor, un futuro mejor.
Muchas veces se hacen actos en conmemoración a estas personas, o monumentos, o se ponen sus caras en billetes; sin embargo, no es eso lo que realmente importa ni importará ya que, sinceramente, ¿De qué sirve ver la cara de un prócer en todos lados si cuando la vemos no sentimos siquiera una mínima conmoción?. La solución no está ahí, la respuesta a todo está en reivindicarlo día a día, en mantenerlo vivo en nuestras mentes, en nuestros corazones, en nuestros espíritus y consecuentemente en nuestras acciones. Ya que mientras nosotros lo recordemos, su memoria y su palabra jamás morirá. Como dijo alguna vez un sabio General, “Cada uno es centinela de su propia vida”, ahora está en nosotros, crear el futuro.